Tuve un invitado en mi vida: se llamó neumonía.

Actualizado: 4 nov 2021


Desde chiquita escuché decir a mi abuelita Goyita que una calentura, indicaba que algo muy malo estaba pasando en tu cuerpo.


Y así empezó todo, con una calentura de 38 grados que subió a 39 muy rápido y que casi llega a 40, pero actuamos a tiempo.


La calentura se acompañó de delirios, dolor intenso de garganta y de cuerpo, debilidad y sobre todo, una enorme resignación de que el virus activo en el mundo me había alcanzado: el CORONAVIRUS.


La primera reacción fue hacerme una prueba PCR, ante el desconcierto del resultado, llegó una segunda y luego una tercera. Las 3 negativas.


Entonces empezaron las dudas, las visitas a las y los doctores, a hospitales y laboratorios.


La tos se intensificaba, las calenturas continuaron, la debilidad aumentaba, la dificultad para respirar me impedía caminar y hablar, me comunicaba con mi familia por mensajes de WhatsApp o notitas escritas.


Una doctora nos dijo que algo muy malo me pasaba, nos dio tres diagnósticos que nos desmoralizaron, me dio tratamientos muy intensos (por primera vez me inyectaron en el estómago) es de las cosas más dolorosas que he vivido. Pero eso si, ningún dolor físico se compara al dolor emocional de una noticia que te quiebra.


No me quiero centrar tanto en los síntomas físicos o detalles técnicos, porque ya hice un video en mi Instagram sobre eso. Este lugar, mi blog, es mi espacio seguro y mi desahogo. Aquí nos vamos a centrar en las emociones. Aquí les dejó una foto de todos los medicamentos que mi cuerpo recibió (el termómetro, el nebulizador y el oxímetro se convirtieron en mis mejores amigos).


Para ya adentrarnos a las emociones, les diré que incluso al ir con un doctor o al seguir un tratamiento médico, sigan siempre su intuición.


Llegamos a otro doctor, el doctor Dorian que fue mi ángel y me curó. Me hizo más estudios: de sangre, radiografías de mis pulmones, gasometría arterial y cultivo de mis flemas; y entonces encontró al invasor de mi cuerpo, una bacteria con nombre y apellido que entró a mis pulmones (aún no sabemos cómo) y me causo una fuerte neumonía.


Y entonces empezaron las 30 inyecciones intravenosas que me salvaron y regresaron a la Yuli que hoy les escribe esto. Una Yuli nueva, por supuesto.


No sabía lo que era tener un catéter en tu cuerpo durante 10 días. La cicatriz hoy, meses después, continua en mi manita ¿y saben? Me encanta verla, es un recordatorio de mi valentía y resiliencia.

Algunas de esas inyecciones me las pusieron en un hospital, otras, me las puso en casa un amigo enfermero de la familia que queremos mucho ¡gracias Toño!


Y entonces, las enfermeras del hospital al que constantemente iba, también se convirtieron en mis amigas, platicaba con ellas, me decían como era su día y aprendí de ellas, las reconozco tanto por la labor heroica que hacen con cada uno de sus pacientes.


Y entonces, mientras todo esto pasaba, me ausenté por un tiempo de lo que era mi rutina diaria y mi “vida normal”.


En el trabajo, algunas personas creían que tenía COVID y que no quería decirlo (jamás haría eso, por responsabilidad social, lo diría). Otras, pensaban que me había ido de vacaciones e inventé mi enfermedad para poder hacerlo (cosa que tampoco haría) y otras (quienes ya han pasado por esto), sí me creyeron.


Primera lección: no esperemos a que algo malo nos pase para empatizar con las personas.


Algunas personas me decían que me faltaba un poco de actitud para recuperarme más rápido. Sinceramente, en ese momento, el solo pararme al baño era una labor titánica para mí y mis fuerzas. Mi actitud consistía en eso, hacer un esfuerzo para comer y no bajar más mis defensas y concentrarme en mi recuperación.


Segunda lección: Respeta los procesos de cada persona.


Al recuperarme y regresar poco a poco a mi rutina, algo había cambiado en mí.


Mi doctor me decía que no era nada normal que a una persona de mi edad le diese una neumonía, que esa enfermedad les da a las y los bebés o a las personas adultas mayores. Que si llegó a mí, era porque mis defensas estaban demasiado bajas ¿te estresas mucho? ¿estás triste por algo? Me preguntó.


Y la verdad, la respuesta a ambas preguntas era que sí.


Había pasado algo muy fuerte en mi vida y mi familia que aun siendo psicóloga, no supe manejar. Nadie, ni los libros más sustantivos, ni las y los maestros más sabios, ni la mejor escuela de psicología te enseñan a reaccionar cuando una de las personas que más amas está sufriendo.


Quise jugar el papel de la persona fuerte, para sostener a mi mamá y mi papá, pero esa fortaleza, termino siendo mi debilidad.


La tristeza que cargaba conmigo, y el estrés laboral terminaron bajando mis defensas a un nivel que la bacteria me venció.


Pero después, yo la vencí a ella.


Y esa victoria me hizo más fuerte y valiente.


Y precisamente esta experiencia fue lo que me hizo empatizar aún más con las personas que tienen o han tenido COVID.


Si bien nunca me dio, la enfermedad respiratoria que tuve fue muy parecida. Incluso, la neumonía es una de las enfermedades que surgen por el COVID 19, cuando éste se complica.


Fue por eso que al curarme, para agradecer a Dios y al Universo que seguía aquí, decidí ofrecer terapias psicológicas totalmente gratuitas para las personas que tenían el virus activo.



Yo también sentí el miedo que invade tu cuerpo cuando el solo subir dos escaleras significa un esfuerzo sobre humano para tu respiración.


Yo también sentí la culpa por no cuidarte, por no comer a tus horas, por no hacer ejercicio y por dejarte para después por estar inserta en la lógica de trabajar más y más.


Todo eso es lo que trabajé en las terapias con las y los pacientes de todas partes de México y el mundo que atendí: disipar el miedo y la culpa.


Cuando mi doctor tuvo en sus manos el último estudio, con el que podía dar el resultado final me dijo: a otras personas con tu diagnóstico las interno de inmediato, pero a ti te veo muy fuerte, entonces podrás llevar el tratamiento desde casa, pero tienes que ser muy responsable y llevarlo al pie de la letra.


Nunca olvidaré sus palabras, nunca olvidaré lo que viví y sentí.


Pero lo que tampoco olvidaré es la enseñanza que mi visitante me dejó: ser sincera con lo que siento, llorar cuando tengo que llorar sin intentar anteponer mi fortaleza, comer a mis horas, hacer ejercicio (no para bajar de peso ni para poder comer algo después de correr), si no, como una celebración de la fuerza de mi cuerpo, no dejar que el estrés se apodere de mí y explotar de amor.


También me dejó como enseñanza a no dejar de hacer aquello que tanto amo, lo que hago sin que nadie me obligue o me pague (hasta ahora) y que hace que entre en ese estado que llaman fluir: y eso, es escribir.


Por eso, aquí tienen este regalo de mí para ustedes. Mis palabras. Mis letras. Mi transparencia y mi sinceridad.


Gracias como siempre, por leerme.

Con amor, Yuli Zuarth.